Hablaste igual que la muerte.
Con sus muecas rotas y cruzadas en la lengua,
entera, llena y coagulada.
Con las manos frías arrullaste tantos niños
que antes abrazaban el asfalto
y lloraste sobre su pecho de juguete.
Yo levanté un monumento a tu mirada,
despejé cualquier larvario en medio nuestro,
para verte profunda y clara,
despierta.
Ahora quiero que me rompas la pupila,
que llenes de lodo esta garganta
que antes estuvo colgada en tu palabra.
Que me parta tu distancia
como a un árbol solo,
en medio del solo bosque
en donde enterramos antes nuestra pena
y nacieron luego girasoles y canarios
que no pudieron volar nunca.
Esta verborrea me avergüenza,
siento pena de mis manos
que andan como locos recogiendo telarañas
y animales de artificio.
Ahora que empieza a llover,
rómpeme el cuerpo,
abre con tu iris de navaja
mi vientre y el contorno de mi espalda.
Deja que la lluvia se acumule
y bebe en mí,
como última voluntad bebe mi cuerpo
y sangra dentro mío hasta la muerte.
Déjame sacar sobre la cama.
Deja que te diga cómo hacerlo.
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