martes, 26 de mayo de 2020

Piedras heridas / Eusebio Ruvalcaba


Para Vicente Quirarte

Antes que de palabras y preposiciones,
los hombres estamos hechos de huesos
y vísceras. Recordamos a nuestro padre
y las lágrimas sobrevienen. Antes
de reflexionar que aquel desencantado viejo
fue nuestro padre.
Pocos, escasísimos poetas resisten la prueba
de fuego de ser leídos durante una cruda mortal.
Ordena uno su trago,
se abre el libro donde caiga,
o, si se trata de un libro conocido,
se lo abre en uno de los poemas favoritos,
justo ahí donde está el separador o el subrayado
verde. Y de pronto aquel poeta se reblandece.
Se va haciendo agua hasta que gota a gota va a dar
al suelo.
Naturalmente que nadie somete la poesía a estas
pruebas. La poesía es sublime.
Tan grande, tan solemne, tan importante,
que no es para leerse en una cantina
donde todo es vulgar, procaz, inhóspito. La poesía
debe leerse en las aulas universitarias,
las alcobas cuando han sido prolijamente aseadas.
O también en el avión
o, a lo más, en el café. La feroz cruda todo lo echa
a perder. Pero también ayuda. Esto es extraño.
¿Cómo va a ayudar una cruda? Simplemente
coloca al lector en el umbral de la muerte.
Algo que un abstemio nunca podrá sentir.
Entonces se lee sin complacencias.
Porque no hay atrás de ese acto de leer un afán
que vaya más allá del acto de leer.
Nadie se preocupa por someter
la poesía a un análisis riguroso.
Sencillamente se trata
de no quedarse dormido, de que la poesía
te dé una mano,
te ayude a entender que estás vivo,
de que entre poesía y cruda
sacudan tu espíritu,
levanten tu mano y te permitan
ordenar la siguiente.
La cruda no se deja sobornar —la poesía sí.
No admite concesiones.
Nada de quedarse
con la superficie del lenguaje,
por más apacible y sugestivo que parezca.
De algún modo la cruda te obliga a ser honesto.
Los crudos nunca dicen cosas importantes,
pero sí profundas. De dos centímetros
de profundidad. Cosas hechas de jirones
de vida, resabios de una existencia
que está por irse. Los crudos se sienten miserables.
Los persigue una angustia que no los deja
ni marcar el teléfono. Sudan
todo el tiempo.
Las manos les tiemblan, y lloran a la menor
provocación. Creen que el mundo se va a acabar
a la vuelta de la esquina. Por eso desconfían de todo.
Porque no saben
dónde se va a producir
el primer golpe. Y, acaso por eso, aquilatan como
nadie la dulzura
y la comprensión. Aunque sea unas cuantas gotas.
Porque si no les entra la desconfianza.
Leer en una cantina aísla más al individuo.
Lo pone más en contacto con su mundo interior.
Una cantina no es una biblioteca. Y digo que aísla
más al individuo porque es él y el libro.
Afuera el mundo bulle. En forma de violencia o de
arte, de desplomes
financieros o de encuentros amorosos,
afuera nadie se detiene a pensar
en ese lector encontrándose con la poesía.
Un encuentro intrascendente.
Aquí no hay suplementos ni canales
culturales para tomar nota.
Nadie le pide una entrevista
a un crudo
para saber cuáles son sus libros de cabecera.
Nadie se acerca a un crudo para mirarle los ojos
mientras lee. Para captar en su mirada
esa chispa de misericordia divina,
de que aún le está permitido leer ese poema.
El crudo no tiene más elementos para gustar
de un poema de los que tiene un niño.
Ambos sienten en carne propia el misterio
de la poesía. Ambos levitan cuando escuchan
o leen ese poema.
Tal vez por eso un crudo lee un poema como si
fuera el último.
Porque está harto de palabras.
Quiere hechos. Quiere sentir.
Quiere que el poema le haga sentir cosas.
Sentir alivio o conmiseración. Si ya siente
sobre sí toda la podredumbre humana,
es justo que el poema le retribuya piedad.
Una cruda reduce a un hombre a su condición
verdadera: la de un insecto.
Un bicho que puede ser aplastado
de un pisotón. A su lado, todo es grandioso y
vale la pena de ser enaltecido y ponderado.
Un crudo sabe que una brizna de hierba
tiene más importancia que la que él podrá
cosechar algún día. Un crudo lo sabe y no opone
resistencia. Por eso lee con fruición.
Porque el poema no le exige cuentas.
Lo acepta como es. Sin reparos.
Menos que una brizna de hierba

Hemos amado juntos tantas cosas / Roberto Juarroz


Hemos amado juntos tantas cosas
que es difícil amarlas separados.
Parece que se hubieran alejado de pronto
o que el amor fuera una hormiga
escalando los declives del cielo.

Hemos vivido juntos tanto abismo
que sin ti todo parece superficie,
órbita de simulacros que resbalan,
tensión sin extensiones,
vigilancia de cuerpos sin presencia.

Hemos perdido juntos tanta nada
que el hábito persiste y se da vuelta
y ahora todo es ganancia de la nada.
El tiempo se convierte en antitiempo
porque ya no lo piensas.

Hemos callado y hablado tanto juntos
que hasta callar y hablar son dos traiciones,
dos sustancias sin justificación,
dos sustitutos.

Lo hemos buscado todo,
lo hemos hallado todo,
lo hemos dejado todo.

Únicamente no nos dieron tiempo
para encontrar el ojo de tu muerte,
aunque fuera también para dejarlo

Ritmo de viaje / José Carlos Becerra


Este cuerpo que yo acaricio lentamente extendiendo la noche,
este cuerpo donde yo he penetrado en mi propia distancia,
en mi sofocamiento de sombra.

Este vientre donde el amor abarca a la noche,
estos senos donde la luz altera los signos,
este cuerpo al que ahora me entrelazo, este cuerpo al que ahora me solicito.

Este cuerpo conmigo se traspone, se vence,
se lleva consigo a la noche y sus altares,
sus caminos ardiendo por su propia señal,
su oleaje, sus costas encendidas...

Esta mujer donde la noche descifra sus juegos ocultos,
este amor al que no debemos llamar amor sino adentro de sus aguas.
Este amor, este amor,
este instante donde el infinito es la obra de los que se aman,
de aquellos que llegan al estanque de cada caricia como buzos sagrados.
Este ritmo, este ritmo de viaje,
esta navegación entre la bruma,
todo lleva consigo su bandera extraviada,
su aurora boreal...

Nostalgia del alcohólico. / Adán Echeverría.


El Diablo nos servía las caguamas
a todos los que rayábamos clase luego del descanso de las cinco
En la cantina te topabas con el director
los prefectos el profe de sicología
Hablábamos de la responsabilidad de los estudiantes
De cómo no aprovechaban las oportunidades
de lo cansado que era para nuestros maestros atender 40 alumnos por grupo
Y en el cubilete nos jugábamos la nota del fin de curso.

La fragata del pirata Morgan era nuestro recreo del calor al salir de la facultad
Los días de campo pasados por alcohol redes de niebla trampas de arena y tantos tantísimos besos de las compañeras
en aquellas madrugadas que se extendían con la niebla
desenredando murciélagos
sin dejar que se apagara la fogata.

El Olimpo El Dzalbay Jorge's La Negrita El Brindis eran las tardes de cacería luego del trabajo en la Oficina de Gobierno
Literatura Ciencia Trabajo de Campo
Sexo Alcohol Bohemia Yerba Santa
todo en la piel de cada Dulcinea
que en los voluntariados mojaba sus labios de tequila ron
la siempre helada chela de mano en mano
sentados en la arena.

La querida Barra Loca de los años Noventa
Justo para ver pasar a todo el barrio
planear las fiestas las notas del rock corriendo en las gargantas
¡Sigamos la celebración hasta el final de los tiempos!

lunes, 25 de mayo de 2020

Digo que la poesía
es el único documento personal que poseo.
Carezco de otro medio de identidad.
Digo que eres mi centro enllamarado.
Mi código de fuego.
Mi texto de aullidos.
Explosión queridísima donde escucho la vida
Arma para vivir.

~ Livio Ramírez

César Cañedo (Aguascalientes 2019)

Masturbarse,
a veces,
tiene que ver con esperar a que llamen de un nuevo trabajo,
a que el teléfono suene con el regreso de alguien,
a que el día nos alcance.

La masturbación
es como ir siempre al mismo supermercado
y pagar lo mismo todas las veces
y olvidar lo de siempre.
Monótona y segura
como el que se pone los bóxers a toda prisa
al casi ser sorprendido.

A veces es tan seca
que me recuerda a un hombre caminando por una vieja calle
en la que podría o no nevar,
en la que podría o no haber otro hombre viéndolo nevar.
Pero puede a veces
tener que ver con desmoronarse,
con hacer de uno mismo
el cansado ejercicio de deshacerse de uno mismo.

Francisco Hernández | Última voluntad

  Cuando yo muera, ponte un vestido blanco y enciende una candela frente a un ramo de nubes.    Con el vestido blanco, haz la espuma de un r...