viernes, 13 de octubre de 2017
Roberto Juarroz
Nos derrumbamos
sin perder siquiera la costumbre de nuestros gestos,
por ejemplo mantener los ojos abiertos,
la mano en la posición que toma cuando amamos,
el hueso en su silencio,
la boca en la inminencia
de decir o callar algo.
Tal vez nos derrumbamos
sin que caiga lo que cada uno es
y eso siga flotando como una serie de espasmos
algo más furtivos por el aire.
Puede ser que los gestos que se aprenden no se pierdan,
aunque sí su aprendiz.
Si es así,
quizá alguna palabra entre muchas
puede haber sido dicha para siempre.
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